Brecht sin Brecht

La bona persona de Sezuan
BERTOLT BRECHT
★★★☆☆
Oriol Broggi firma un Brecht demasiado largo y de postal, encomendándose a
las rumbas de Joan Garriga, y con un enorme Joan Carreras como aviador Sun.

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La maniobra es conocida: alejarse en el espacio y en el tiempo para lanzar una parábola sobre el aquí y ahora, abrir butrones en la cuarta pared para robarle la fantasía al público, espetándole lecciones con dejos de agitprop, arrojando una gota de subjetividad en el océano social y de la historia. Por esquemática que parezca, la fórmula brechtiana funciona porque hay eso y algo más. Funciona en La vida de Galileo (1939) porque, entre los rifirrafes de ciencia y religión, se inmiscuye una relación maestro-discípulo o un irónico heliocentrismo explicado a los niños. Funciona en Madre Coraje y sus hijos (1941) porque los treinta años de guerra confesional se entreveran de irónica picaresca y de un lancinante drama familiar. Y funciona en La buena persona de Sezuan (1943) porque el dilema de una prostituta entre la virtud cristiana y el vil metal, su implícita enmienda a los dioses y al capitalismo no impiden que alguien asocie sus sentimientos al color del cielo o que se encarame a un árbol como Judas cuando no le dejan volar. Si Brecht ha superado el juicio del tiempo es porque sus dialécticas de laboratorio se enredan en la maraña moral y material del día a día, y puede llegar a confesar, sin empacho, en el epílogo, no tener solución ni conclusión para su historia. Hay lirismo, dudas y drama bajo sus limpios e inapelables choques de conceptos. Brecht puede convencer o no, pero siempre hay algo más que el programa arrojadizo que arrebata o repugna en una lectura superficial.

Brecht puede convencer o no, pero siempre hay algo más que el programa arrojadizo que arrebata o repugna en una lectura superficial.

Oriol Broggi ha buscado ese “algo más” por los cuatro rincones de La bona persona… y, aparentemente insatisfecho, sin encontrarlo, ha huido hacia delante por la vía del musical. Una huida que alarga excesivamente esta Bona persona… tratando, paradójicamente, de amenizarla con las rumbas catalanas, el cabaret berlinés y las escalas pentatónicas del campechano Joan Garriga. El problema no es, por supuesto, la entretenida música de Garriga, su abigarrado suma y sigue de estilos y atmósferas. El problema es que Brecht se vacía de sí mismo, adoptando un aire afable de teleserie, melodramatizando sus duras disyuntivas, eternizando la resolución de sus conflictos y desmantelando su engranaje dramático, que era más breve y más compacto. ¿Significa eso que Brecht está reñido con la música? Todos sabemos que La ópera de los tres centavos (1928) es una de sus obras maestras. Y precisamente la comparación entre el amable Garriga y el sañudo Kurt Weill ilustra mejor que nada la desbrechtización de este Brecht. Si La bona persona… escondía “algo más” era en su propio texto, y las extemporáneas rumbas y el cabaret en la China preindustrial de Sezuan nos dejan con algo menos.

La escenografía corre parejas con la música, embelleciendo la miseria de la pequeña aldea china con suelos de maderas nobles y cielos de postal, lejos de la desnudez y la pobreza grotowskiana que hubiera podido esperarse de este Brecht. También extraña el desganado uso de la tramoya por parte de Broggi, y algún que otro sonado anacronismo, como esos engranajes dignos del Tiempos modernos (1936) de Chaplin en plena China rural y manufacturera. El fordismo no parecía ser la cuestión, más bien al contrario: se trataba de mostrar un capitalismo naciente, alejado en el espacio y en el tiempo de la mecanizada Europa de entreguerras, para señalar sus contradicciones comunes, es decir, sistémicas, a lo largo de tiempos, espacios y modos de producción distintos. También hay desgana o falta de ideas en la asunción final de los dioses, cuando vemos elevarse sus chaquetas sobre simples percheros, en un decepcionante desaire al mejor golpe de tramoya y colofón de la pieza.

El problema no es […] la entretenida música de Garriga, su abigarrado suma y sigue de estilos y atmósferas. El problema es que Brecht se vacía de sí mismo, adoptando un aire afable de teleserie…

Los actores salvan la función, especialmente Joan Carreras como aviador Sun, que derrocha naturalidad y convicción con su cínico y soñador caradura. Clara Segura sostiene muy dignamente a su Shen Te, pero resulta menos brillante que otras veces, sobreactuando un punto a este insidioso personaje, que puede ser bueno hasta el melodrama, pero que guarda siempre un recoveco triste y oscuro poco explotado por Segura, incluso cuando se transmuta en el expeditivo primo Shui Ta. Màrcia Cisteró no podía estar mejor elegida como señora Chin, y clava el aire popular y severo de su anguloso secundario, a caballo entre la sinceridad y el cinismo. Toni Gomila como Wang entona con enorme gracia sus pregones de aguador, aunque se atropella a veces en algún parlamento, sobre todo al principio. Y Jordi Figueras se luce con el dúplice barbero Chu Fu, prodigando ademanes de doble fondo que arrancan las mejores risas de la función. Igual que el resto del elenco, cínico y dicharachero como corresponde al personaje colectivo de la gente de Sezuan, que Brecht sitúa en el centro constante de la acción, sin condenarlo pero sin coronarlo.

Los actores salvan la función, especialmente Joan Carreras como aviador Sun, que derrocha naturalidad y convicción con su cínico y soñador caradura.

Una Bona persona…, en suma, la de Broggi, que edulcora y diluye a Brecht en tres largas horas musicales, y que sólo recupera su atribulado pulso original en el compás final del epílogo. ¿Se puede ser buen samaritano y buen capitalista? ¿Nos incita este mundo a la esquizofrenia de Shen Te y Shui Ta, de un moralista Dr. Jekyll y un amoral Mr. Hyde? En plena II Guerra Mundial, Brecht respondió a través de una depauperada China rural, donde la miseria campesina prendería pronto en revolución maoísta. Su tesis parecía clara: no hay moral humana que flote sobre la necesidad material, almas buenas desentendidas de sus cuerpos, así que o los dioses se equivocan o el mundo está mal hecho o ambas cosas. Es la incertidumbre angustiosa que atraviesa y cierra la obra. La enmienda a la moral cristiana y al capitalismo sin ofrecer, como admiten los personajes, alternativa alguna. Esta honestidad, esta duda y esta angustia, su lirismo popular y su modesto drama es quizá lo mejor que podía ofrecernos Brecht. Y aquí ha brillado por su amable y entretenida ausencia.

LA BONA PERSONA DE SEZUAN
Duración ≈3h15 (con entreacto) Género Teatro épico Idioma Catalán
Teatro TNC Fechas 31/01–17/03/2019 Precios 12–29€ Foto © David Ruano

Texto Bertolt Brecht
Traducción Feliu Formosa
Dirección Oriol Broggi
Música Joan Garriga
Escenografía Josep Iglesias, Oriol Broggi
Coordinación de vestuario Annita Ribera
Caracterización Helena Fenoy, Marta Ferrer
Diseño de vídeo Francesc Isern
Ayudante de dirección Joan Miquel Artigues
Revisión del texto Anna Madueño
Ayudantía y trabajo de vestuario Georgina Viñolo
Construcción de escenografía Arts-Cenics, SL
Confección de vestuario Època (vestido de Clara Segura)
Producción Teatre Nacional de Catalunya, La Perla 29

Reparto
MÍRIAM ALAMANY – Mujer, señora Yang, gente
JOAN CARRERAS – Aviador Sun
MÀRCIA CISTERÓ – Señora Chin, gente
JORDI FIGUERAS – Señor Chu Fu, Dios, gente
TONI GOMILA – Wang, el aguador
MERCÈ PONS – Propietaria Mi Tzu, gente
ALBERT PRAT – Policía, gente
CLARA DE RAMON – La cuñada, gente
MARC RIUS – El sobrino, gente
XAVIER RUANO – Carpintero Lin To, Dios, gente
CLARA SEGURA – Shen Te / Shui Ta
RAMON VILA – Marido, Dios, gente

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