Recordar hacia mañana

Así que pasen cinco años
FEDERICO GARCÍA LORCA
★★★☆☆
Escenografía expresionista, música de Camarón y teatro físico
en un impactante pero sobreactuado montaje de TNT Atalaya.

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Lorca viajó a Nueva York en 1929 sumido en una profunda crisis personal, que debió de parecerle pequeña al lado del crack de Wall Street y la Gran Depresión, ante las bolsas de pobreza junto a los rascacielos y el racismo desacomplejado de la América WASP. Su respuesta fue Poeta en Nueva York (1930), una mezcla de surrealismo y denuncia social que luego extendió a piezas teatrales como El público (1930) y Así que pasen cinco años (1931), que el propio Lorca consideró “imposibles” por adelantarse a su tiempo. Pero la etapa neoyorquina no fue un islote. Estaban las preocupaciones de su poesía anterior (Romancero gitano) y de su teatro posterior (Yerma, Doña Rosita). Las inútiles esperas amorosas, la paternidad imposible, la muerte nocturna y alevosa a mano airada y arma blanca. También el habla sencilla y castiza del romancero, cada vez más onírica, y la sensibilidad social del detalle costumbrista. El Lorca de Nueva York se movía entre esas dos aguas que son tradición y vanguardia, forjando un teatro del porvenir que no se dejara abrumar por el pasado, pero que tampoco confundiera la novedad con el olvido. Un teatro, si se quiere, capaz de “recordar hacia mañana”, como exhortaba el Viejo al Joven en Así que pasen…

El Lorca de Nueva York se movía entre tradición y vanguardia, forjando un teatro del porvenir que no se dejara abrumar por el pasado, pero que tampoco confundiera la novedad con el olvido.

La compañía Atalaya ha traído al Lliure de Montjuïc su tercera versión de Así que pasen…, coproducida con el Centro Dramático Nacional en 2016. Un teatro que llevan haciendo posible desde su primer montaje en 1986, pero que apenas ha sido representado en España en las ocho décadas transcurridas desde el asesinato del poeta. En esta tercera versión, Ricardo Iniesta, director de Atalaya, ha tenido la valentía de releer a Lorca de arriba abajo: escénica, musical y literariamente. Y el resultado es una función espectacular, muy plástica y arriesgada, pero algo irregular. Un teatro físico y musical de atmósfera expresionista, donde la música cobra afortunado protagonismo, pero donde se resiente un texto recitado con demasiado énfasis y demasiadas alteraciones. Un Así que pasen…, éste de Atalaya, que arranca con brío, pero que va perdiendo fuelle y acaba desmadejado, aislando al Lorca surrealista de su producción anterior y posterior.

La escenografía de Iniesta es caligariana. Un elegante decorado en blanco y negro con inestables ángulos escalenos, con una gran escalera central que no parece ir ni apoyarse en ningún sitio, un majestuoso trapecio de sábanas y unas pequeñas puertas laterales que a veces sorprenden como ventanas. No queda nada de la biblioteca del Joven descrita por Lorca. Ni de la alcoba estilo 1900 de la Novia, un cursi decorado de Belle Époque de provincias que recordaba a doña Rosita la soltera. Tampoco está el teatro barroco en medio del bosque, mezcla de sueño y metalenguaje. En vez de eso tenemos el estilizado minimalismo de Iniesta, que trueca surrealismo por expresionismo, dejándose en el tintero los guiños históricos y sentimentales de Lorca a la vieja España de la Restauración, que era la España de su infancia, y perdiendo con ello el contraste entre lo viejo y lo nuevo, entre el polvoriento telón de terciopelo y el atrevido lenguaje de los sueños.

La escenografía de Iniesta es caligariana. Un elegante decorado en blanco y negro con inestables ángulos escalenos […] que trueca surrealismo por expresionismo…

La música, en cambio, es el gran acierto de la función, como sucede tantas veces en Lorca, donde suele haber una discreta partitura que va ganando peso hasta revelarse clave. Iniesta trastoca los diálogos lorquianos para empezar y acabar con sus canciones, concentrándolas al principio y al final, en forma de obertura y epílogo, anticipando, conduciendo y cerrando con ellas el relato. Un recurso sencillo y muy hábil que hace más compacta la obra, dándole una inesperada y coherente estructura de opereta, donde suena a coro y a capela el portentoso flamenco de la Leyenda del tiempo de Camarón, homenaje a Lorca y subtítulo de Así que pasen…

El texto corre peor suerte, y queda aplanado por una dicción enfática, por momentos gritada, donde queda poco del habla sencilla y del extrañamiento de los romances sonámbulos. Sale airoso el Joven de Raúl Sirio Iniesta, creíble y empático en su angustiado protagonismo, como el Viejo de Manuel Asensio, que incluso cuesta oír cuando da la espalda al público. Pero la declamación y el aspaviento se disparan con el mujeriego Amigo 1° de Raúl Vera, con el atildado Amigo 2° de José Ángel Moreno, y con la sexualizada Novia de Elena Amada Aliaga, que convierte a la niña cursi y caprichosa de Lorca en una vampiresa y consumada artista del trapecio. También María Sanz como Mecanógrafa acaba desmelenándose en los interminables vuelos flamencos de su falda, y pierde el discreto encanto de este personaje secundario venido a más. Resultan más equilibrados y más “de época” Jerónimo Arenal y Carmen Gallardo como criados, y el propio Arenal como atribulado Padre de la Novia. Pero la gran lástima es que no hubiera un actor infantil para el Niño Muerto, teniendo que encomendar al falsete de Aliaga el delicado dramatismo naíf de estos parlamentos, puro romancero lorquiano y trabajos de dicción perdidos.

… la gran lástima es que no hubiera un actor infantil para el Niño Muerto, teniendo que encomendar al falsete de Aliaga el delicado dramatismo naíf de estos parlamentos…

Atalaya ha hecho posible por tercera vez en tres décadas lo que Lorca murió creyendo imposible. Un riesgo y un mérito que hay que aplaudir por su valor y su necesidad, porque este teatro lorquiano del porvenir, ochenta y tantos años después, sigue aventajando a nuestra cartelera en muchos aspectos. Pero lo “imposible” de este breve repertorio no pasaba por los retos al cuerpo o la tramoya, sino por el texto. Por su recepción y su difícil sintonía con el público. No en vano Lorca declaró también “imposible” aquella otra pieza neoyorquina que aludía directamente a la platea. Esta tercera versión de Así que pasen… de Atalaya, sin embargo, ha apostado por lo físico para hacer posible este teatro, y el derroche físico ha acabado crispando la palabra, agarrotando sus músculos y sus nervios, avejentándola. Y no cabe duda de que debemos a Atalaya el lujo de no haber olvidado este Lorca necesario y difícil. Pero todavía queda camino para recordarlo hacia mañana.

ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS
Duración ≈1h45 Género Drama surrealista Teatro Lliure de Montjuïc
Fechas 17–20/01/2019 Idioma Español Precios 7–29€ Foto © Félix Vázquez / Atalaya TNT

Texto Federico García Lorca
Dirección Ricardo Iniesta
Ayudante de dirección Sario Téllez
Escenografía Ricardo Iniesta
Construcción de escenografía Pepe Távora
Realización de utilería Sergio Bellido
Iluminación Miguel Ángel Camacho
Música Luis Navarro
Coreografía Juana Casado
Dirección y seguimiento coral Esperanza Abad, Marga Reye
Vestuario Carmen Giles
Maquillaje, peluquería y estilismo Manolo Cortés
Coproducción Centro Dramático Nacional, Atalaya TNT

Reparto
ELENA AMADA ALIAGA – Novia, Niño Muerto, otras máscaras
JERÓNIMO ARENAL – Criado, Padre de la Novia, Arlequín 1
MANUEL ASENSIO – Viejo, otras máscaras, Jugador de cartas
CARMEN GALLARDO – Criada
SILVIA GARZÓN – Maniquí, Muchacha
JOSÉ ÁNGEL MORENO – Amigo 2°, Arlequín 2, Jugador de cartas
MARÍA SANZ – Mecanógrafa, Gata Muerta, otras máscaras
RAÚL SIRIO INIESTA – Joven
RAÚL VERA – Amigo 1°, Jugador de rugby, Payaso, Jugador de cartas

 

 

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