La vida privada del Oeste

El llarg dinar de Nadal
THORNTON WILDER
★★★☆☆
Una pequeña joya del teatro americano, con altibajos
interpretativos pero cargada de encanto de época.

No hay comentarios

Una casa en la pradera, donde juegan el ciervo y el antílope, donde casi no se oyen palabras tristes y el cielo está despejado todo el día… Es el viejo sueño de una nueva Arcadia. Y la última parada en la conquista del Oeste. Y el paraíso del capitalismo americano: el avance infinito, la explotación de una tierra idílica e inagotable. Para cumplir este sueño había que cruzar el Mississippi en balsa, cuando todavía no había puentes, allá por 1850. Había que roturar los campos y pavimentar las calles. Había que inventar rancios abolengos que inventaran una tradición. Y sobre todo había que invadir una tierra poblada de mal llamados indios (el desliz continental de Colón) y aniquilarlos o expulsarlos de sus casas. Pero el premio de todo ello, para muchos, valía sobradamente la pena: una casa en la pradera, donde juegan el ciervo y el antílope, donde casi no se oyen palabras tristes y el cielo está despejado todo el día… No es casualidad que los versos del Dr. Highley, musicados por su amigo Daniel E. Kelley, se convirtieran en el himno oficial del Estado de Kansas (Home on the Range), y en el himno no oficial de los Estados al Oeste del Mississippi, y en un clásico folk de los colonos que estiraron la frontera americana hasta el Pacífico. Una canción incómodamente hermosa, porque detrás de sus bucólicas melodías se esconde un enorme capítulo de la historia universal de la infamia.

…había que cruzar el Mississippi en balsa, cuando todavía no había puentes, allá por 1850. Había que roturar los campos y pavimentar las calles. Había que inventar rancios abolengos que inventaran una tradición.

En La larga cena de Navidad (1931), Thornton Wilder escribió la historia que viene después de la infamia, cuando la travesía en balsa del Mississippi o el amenazador merodeo de los nativos empezaban a ser batallitas de sobremesa de los abuelos. Y en la larga resaca de aquella conquista del Oeste, que Wilder confunde con una larga cena de Navidad, las nuevas generaciones fueron olvidando las guerras de sus abuelos mientras no dejaban de cantar Home on the Range, la dignificación musical de su botín. En ese sentido, La larga cena… es un teatro de la memoria. Una pequeña historia de la vida privada de los Estados Unidos con vagos ecos de la gran historia como lejanos golpes de mortero. Una memoria que se expande a lo largo de noventa años y cuatro generaciones de la familia Bayard, unos pequeños industriales de un pequeño pueblo del lejano Oeste. Pero lo crucial es que esta historia no se cuenta de manera lineal sino circular, musicalmente, como un rondó de conversaciones y de nombres repetidos de generación en generación, de sobremesa en sobremesa, llenando la escena de bucles y tiempos muertos, de un falso nunca-pasa-nada, todavía más que en Nuestra ciudad (1928), la obra maestra de Wilder. En esos ínfimos detalles, repetidos ad libitum, se cifra la pequeña historia de los Estados Unidos. Una historia más esencial para Wilder que ninguna historia oficial. Un relato que se desmiembra temporalmente, entre el instante costumbrista y el arco intergeneracional, mientras el espacio y la acción se vuelven más rígidos y más unitarios de lo que hubiera soñado Aristóteles.

…lo crucial es que esta historia no se cuenta de manera lineal sino circular, musicalmente, como un rondó de conversaciones y de nombres repetidos de generación en generación…

Por quinto año consecutivo, La Ruta 40 ha representado La larga cena… de Wilder en El Maldà. Una versión alargada y musical, que empieza con un gospel en fuera de campo y termina con el himno de Kansas a modo de éxodo de coro trágico griego. Y aunque el gospel se hace demasiado repetitivo (y narrativamente incierto: ¿música afroamericana para una familia WASP?), el canto final de Home on the Range es todo un acierto que no estaba en Wilder, una interpolación de La Ruta 40 que hace la pieza más fiel a sí misma. Las interpretaciones, sin embargo, tienen sus pequeños altibajos. Aina Huguet está magnífica tanto de madre Bayard como de solterona prima Ermengard, derrochando, como suele, una poderosa y sincera sobriedad. Alberto Díaz también convence con su lacónico Brandon, el envejecido explorador de Alaska, ensimismado en su sordera, sus recuerdos y sus elocuentes gestos mínimos. Y sobre todo brilla Ignasi Guasch en los arrebatos del Charles adulto, bramando sin estridencias, con un genuino aire de época. La Geneviève de Bàrbara Roig, en cambio, resulta algo envarada incluso para un personaje tan avinagrado como Geneviève, y las dos Lucías de Marta Fíguls caen a veces en un entusiasmo algo impostado, y la Leonora de Berta Giraut está extrañamente fuera de tono, desaforando las alegrías y neutralizando las excentricidades (“colecciono niños”) de un personaje más matizado que eso.

…el canto final de Home on the Range es todo un acierto que no estaba en Wilder, una interpolación de La Ruta 40 que hace la pieza más fiel a sí misma.

La escenografía, más allá de la irreprochable blancura de su ropa de mesa y su elegante vajilla de época, se hubiera beneficiado de alguna pieza más del escasísimo atrezo que requería Wilder. Porque había que vaciar la escena de realismo y trinchar un pavo invisible y beber en copas sin vino, cierto. Pero también había que introducir el simbolismo de una guirnalda para los nacimientos y una cortina oscura para los mutis fúnebres. Y se esperaba un sencillo juego de chales y pelucas canosas para abundar en el encanto constructivista de la pieza, llena de pequeños pero significativos apuntes escénicos. Reparos menores, en verdad, que no empañan la comprensión ni el encanto de una función más que digna, que ha sabido rescatar una pequeña joya de uno de los gigantes del teatro americano, injustamente infrarrepresentado, quizá, frente a los Eugene O’Neill, Arthur Miller, etc. Y ojalá que siguiéramos viéndola muchos años, aunque parece que éste será el último que La Ruta 40 enfile, por así decirlo, la Ruta 66 de Wilder.

EL LLARG DINAR DE NADAL
Duración ≈50 min. Género Drama Idioma Catalán Teatro El Maldà
Fechas 13/12/2018–12/01/2019 Precios 16–20€ Foto © Roser Blanch

Texto Thornton Wilder
Traducción Víctor Muñoz i Calafell
Dirección Alberto Díaz
Colaboración en la dirección Albert Prat
Espacio escénico y vestuario Xesca Salvà, La Ruta 40
Iluminación Sergi Torrecilla
Espacio sonoro Joan Solé, La Ruta 40
Caracterización Toni Santos
Producción ejecutiva Maria G. Rovelló, Alberto Díaz
Producción La Ruta 40

Reparto
ALBERTO DÍAZ – Primo Brandon, Samuel, sirviente
MARTA FÍGULS – Lucia, Lucia II, sirvienta
BERTA GIRAUT – Leonora, sirvienta
IGNASI GUASCH – Charles
AINA HUGUET – Madre Bayard, prima Ermengard, sirvienta
BÀRBARA ROIG – Geneviève, niñera
JAUME ULLED – Roderick, Roderick II

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s