Recóndita Indochina

La néta del senyor Linh
PHILIPPE CLAUDEL
★★★☆☆

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El Delta del Río Rojo, al norte de Vietnam, tiene cinco ramales, como los cinco dedos de una mano, que dan al Golfo de Tonkín, en el mar de China meridional. Es tierra de arrozales, capaz de alimentar a todo un país de campesinos, cuyos orígenes se remontan justamente a este fértil estuario. Quizá por eso los ejércitos franceses y americanos, durante la Primera y la Segunda Guerra de Vietnam, entre los años 1940 y los 1970, acribillaron estas tierras inundadas: para vaciar el estómago a las guerrillas comunistas del Viet Minh y del Viet Cong. Pero los bombardeos, ocupaciones y protectorados occidentales no sólo echaron a perder las cosechas de cereal, sino también una forma única de cultura vietnamita, el teatro de títeres acuáticos, figuras que flotaban sobre los arrozales y que la guerra confundió macabramente con los campesinos que, abatidos sobre las mismas aguas, enrojecían el Río Rojo. La historia del Delta vietnamita, como la de todo Vietnam y, en general, toda la península de Indochina, es un reflejo invertido de la historia moderna y contemporánea de Occidente, desde las misiones católicas y las guerras comerciales con las Indias Orientales hasta la formación de los imperios coloniales del siglo XIX, la mundialización de los conflictos europeos del siglo XX y las descolonizaciones de la Guerra Fría, en que la independencia de los viejos protectorados sirvió de coartada para los codazos y zancadillas entre las dos superpotencias.

La historia del Delta vietnamita, como la de todo Vietnam y, en general, toda la península de Indochina, es un reflejo invertido de la historia moderna y contemporánea de Occidente…

Sin entrar en tales pormenores históricos ni ideológicos, aludiendo sin nombrar, Philippe Claudel tomó el ejemplo de Vietnam en La nieta del señor Linh (2005), una novela breve que es una fábula geopolítica sobre el mundo de hoy, donde la izquierda francesa pide poéticamente perdón a su antigua colonia asiática, que luego sería invadida por Estados Unidos (y antes por Japón, China e Inglaterra), y hace un planto por el refugiado y por esa guerra después de la guerra que es el exilio. Y en el fondo, La nieta… de Claudel no es más que la vieja operación de Esquilo en Los persas: la especulación sobre la íntima dignidad del Otro, con mayúsculas y sin gentilicios, para intentar humanizar nuestra distancia con él y, directa o indirectamente, expiar las culpas pasadas. Y como tantas fábulas, La nieta… está plagada de símbolos y claves. El sueño del señor Linh, sin ir más lejos, con su misteriosa fuente de cinco chorros, hace pensar en los cinco brazos del castigado Delta vietnamita. Lo mismo ocurre cuando Linh es atropellado y de su cabeza manan cinco hilillos de sangre, ni uno más ni uno menos, todos rojos como el río homónimo. También Sang Diu, la nieta de Linh, encontrada en los arrozales tras un bombardeo y finalmente asimilada a una muñeca, remite a las marionetas acuáticas de Vietnam, porque en el fondo Sang Diu no es más que eso, un títere, una ficción de vida, un símbolo en esta minuciosa parábola. Hasta su nombre, malentendido en francés como “sans Dieu” (sin Dios), evoca las creencias no teístas del budismo, dominantes en Vietnam y en buena parte de Asia, y coherentes con el espíritu contemplativo y las renuncias materiales del sufrido señor Linh. Claves y símbolos para el discurso anticolonial y antibelicista de la izquierda francesa, que se opuso a la guerra de Indochina como luego a la de Argelia, clamando entonces (y hasta hoy) contra los mortíferos complejos de grandeur de la IV República. Y lo que vale para Francia vale en verdad para toda Europa y, en el caso de Vietnam, también para los Estados Unidos, que perdieron la misma guerra veinte años después.

…Sang Diu, la nieta de Linh, encontrada en los arrozales tras un bombardeo y finalmente asimilada a una muñeca, remite a las marionetas acuáticas de Vietnam, porque en el fondo Sang Diu no es más que eso, un títere…

Así lo ha entendido el dramaturgo Guy Cassiers, que ha hecho del relato de Claudel una fábula escénica para la Europa de hoy. Una Europa, por enésima vez, de refugiados de guerra. Cassiers ha montado La nieta… en diversos países e idiomas europeos (flamenco, francés, catalán), confesando una secreta fantasía de coproducción: reunir un día sobre la misma escena todas las versiones vernáculas de Linh. La idea no puede ser más europeísta y más necesaria en los tiempos que corren, y en términos de producción resulta más que inspirada. Del lado de la realización, sin embargo, de la puesta en escena y del texto, La nieta… está llena de irregularidades. La novela de Claudel es (y no quiere ser otra cosa que) una fábula de cierta evidencia programática (“A todos los señores Linh de la tierra y a sus nietas”, la dedica Claudel), de un sobrenatural buenismo en su desenlace, poéticamente justiciero, veladamente melodramático, esmeradamente escrito en las formas del viejo realismo poético francés. La puesta en escena de Cassiers, por su parte, es elegante y apunta ambiciosas maneras. Como los vídeos de Klaas Verpoest, con sus figuraciones abstractas y blanquinegras de lo que parece una fría ciudad europea (fría como la metrópoli para el antiguo súbdito), o los juegos caligramáticos con las palabras clave del sueño de Linh. O como la banda sonora de Diederik De Cock, que combina ráfagas de música concreta con el encanto naif de una misteriosa canción de cuna tocada al xilófono. Pero tanto la escenografía como los paisajes sonoros acaban desleídos en abstracciones y refinamientos más bizantinos que elocuentes.

…tanto la escenografía como los paisajes sonoros acaban desleídos en abstracciones y refinamientos más bizantinos que elocuentes.

Los altibajos de Cassiers son afortunadamente redimidos por la interpretación de un Lluís Homar en estado de gracia. Un actor que se basta y se sobra para llenar la escena con su enorme calidad de tono, con la hermosa discreción de sus variados registros de cuentacuentos, que dotan de calidez e inteligencia a esta íntima historia, con sus implícitos y sus verbosidades entrañablemente malentendidas. Homar es la auténtica joya de esta función y justifica por sí solo la entrada. Y el gancho de Homar sirve para recordarnos lo que, bienintencionadamente, nos han querido decir Claudel y Cassiers, como nos decía ya el Esquilo de Los persas o, aún más, el de Las suplicantes: que los imperios acaban haciéndonos pequeños, y que la hospitalidad con el otro nos salva, en verdad, de nuestra propia barbarie.

LA NÉTA DEL SENYOR LINH
Duración ≈1h15 Género Fábula Idioma Catalán Teatro Lliure de Montjuïc
Fechas 13–30/12/2018 Precios 15–29€ Foto © David Ruano

Texto Philippe Claudel
Traducción Sergi Belbel
Dirección Guy Cassiers
Ayudanta de dirección Ester Nadal
Dramaturgia Erwin Jans, Jérôme Kircher
Vídeo Klaas Verpoest
Sonido Diederik De Cock
Vestuario Tim Van Steenbergen
Producción técnica y técnico de iluminación Jordi Thomàs
Técnico de vídeo Francesc Isern
Técnico de sonido Marcel Ferrer
Jefa de producción Macarena García
Director de producción Josep Domènech
Ayudanta de dirección de producción Clàudia Flores
Coproducción Teatre Lliure, Temporada Alta
Coproducción original Toneelhuis, Espaces Malraux – Chambéry Espaces
Pluriels – Pau MC93 – Maison de la Culture de Seine-Saint-Denis La Rose
des Vents Villeneuve – d’Asq Le Phénix, Scène nationale de Valenciennes

Reparto
Señor Linh, Señor Bark, narrador – LLUÍS HOMAR

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