El mundo de anteayer

24 hores de la vida d’una dona
STEFAN ZWEIG
★★☆☆☆

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Muy a su pesar, la Primera Guerra Mundial hizo de Stefan Zweig el penetrante testigo de época que hoy seguimos leyendo. Hasta 1914, Zweig había cultivado una esmerada narrativa psicológica más o menos desconectada de su tiempo. Pero de la guerra en adelante le fue cada vez más difícil sacar el presente de sus novelas. No por ciegas adhesiones nacionales o de partido, sino porque la aceleración del tiempo histórico (cuatro imperios centenarios cayeron en cuatro años) historizó inevitablemente su mirada sobre su propia vida y su pasado. Todo lo cual no mermó su psicologismo de juventud, sino que lo exacerbó, haciéndole vincular cada vez más las fantasías del fuero interno con las normas sociales que las constreñían, llevándole a buscar modelos que explicaran la compleja psicología, individual y colectiva, que se abría paso en el moribundo mundo de ayer. Modelos que encontró en la obra de su compatriota y amigo Sigmund Freud, que poseía su propio método para aplicarlos y una sencilla puesta en escena en torno a la intimidad del diván. Una manera de explicarse y de entenderse que Zweig convirtió, consciente o inconscientemente, en poco menos que un programa literario.

Un claro ejemplo de este programa freudiano es 24 horas en la vida de una mujer (1927). Una sesión de psicoanálisis hecha novela: la señora C., una anciana viuda inglesa y anglicana y, por ello, incapaz de obtener el católico perdón por la confesión de sus pecados, decide absolverse a sí misma mediante el relato de sus traumas ante un confidente que la escucha en silencio, y cuya única misión es justamente ésa: escuchar sin juzgar. El trauma de la señora C. es un antiguo amor loco en el casino de Montecarlo, que Zweig compara con la hipnosis ejercida por unas manos sobre el tapete verde. Una comparación (amor e hipnosis) que Zweig debía al Freud de La psicología de las masas y análisis del yo (1921), según la cual hay tanta hipnosis tanto entre el seducido y el seductor como entre las masas y sus líderes carismáticos. Y lo que es más importante: la hipnosis va más allá del mero deseo sexual, aunque ocasionalmente pueda satisfacerlo en una sórdida noche de hotel en la Riviera… A todo lo cual Zweig añade una precisión histórica. La señora C. vivió su traumática noche en torno a 1880, en la época victoriana tardía. Pero sólo se atrevió a contarlo veinte años después, pasado el 1900, en plena apertura eduardiana. Y su confidente escribió su relato después de “la guerra”, o sea, allá por los años 1920. El enamoramiento hipnótico es siempre el mismo, pero su juicio social atraviesa cincuenta años que cambian el mundo de arriba abajo. Y sin embargo sabemos que, mientras se entiendan las tribulaciones de la señora C., es que no hemos cambiado tanto.

En 2015, Christine Khandjian y Stéphane Ly-Cuong convirtieron la novela de Zweig en libreto para un musical compuesto por Serguei Dreznin. La simplificación escénica les llevó a amalgamar los tiempos históricos, fundiendo la Belle Époque y el período de entreguerras en un difuso pasado sin fecha. También a reducir la quiromancia y la hipnosis a un baile de manos con vagas sombras chinas. Dreznin inspiró su partitura en los cabarets expresionistas de Kurt Weill, pero rebajando cromatismos y domesticando quiebros melódicos, quedándose a veces en el puro tango, un género tan legítimo en sí mismo como ajeno a los hipnóticos amores de Zweig. Silvia Marsó decidió retomar la dramaturgia de Khandjian y Ly-Cuong, adaptándola al castellano con ayuda de Ignacio García (Teatro de la Abadía, 2017) y ahora al catalán, con similar equipo, en el Condal. Y los mayores problemas vienen obviamente del original, que reduce el psicodrama de Zweig a una tórrida historia de desengaños, desdibujando su evolución histórica. Pero la adaptación catalana, heredera de la española, tiene también sus pequeños pecados. Como la escenografía de Arturo Martín Burgos, cuatro velos colgantes que se descorren aparatosamente para cumplir una incierta función, infrautilizando sus majestuosas caídas de dosel en discretas labores de cortinaje. O la iluminación de Juanjo Llorens, que veces recurre a justificados claroscuros de cabaret, y a veces se estanca en unos focos laterales que apenas distinguen un paseo matinal por la Corniche de una estación de tren al atardecer, sumiendo la hora y veinte de función en una oscura monotonía.

Las interpretaciones musicales superan con mucho a los recitados. Silvia Marsó es una meritoria soprano, capaz de llenar con hermosos agudos sus pasajes más exigentes, que no son pocos, y que si quedan bajos de tensión es más por las limitaciones de la partitura y el libreto que por deméritos líricos de Marsó. Marc Parejo es un timbrado tenor de cabaret, con un aria de órdago hacia el final que resuelve con enorme soltura, y que musicalmente es lo mejor de la función. Germán Torres tiene menos pentagramas pero también da todas sus notas sin vacilar, glosando con ironía y rotundos graves la historia de los dos amantes. Pero tanto Marsó como Parejo y Torres quedan muy por debajo de sí mismos cuando recitan, sobreactuando enormemente sus roles. Y es cierto que el cabaret es un género de caricaturas e histriones, de contrastes de luz y de carácter, pero el histrionismo no puede pulverizar el drama, vaciando psicológicamente a sus personajes y sacando al espectador de la pieza. Algo que desgraciadamente ocurre con bastante frecuencia. Los otros intérpretes, el trío de cámara (violín, chelo y piano) que da voz a Dreznin, cumplen más que bien su función incidental, parapetados tras un macizo piano de piedra, con elegantes turbantes y túnicas plateadas (poco cabareteros, pero muy años 1920), siguiendo y marcando con solvencia las vicisitudes del relato.

Pocas veces puede decirse que una lectura de género sea más arriesgada que una versión libre, pero creo que éste es el caso. Con 24 horas…, Zweig no sólo quiso convertir el diván de Freud en novela, sino también preguntarse, en plenos años 1920, si las tribulaciones victorianas de la señora C. seguían teniendo sentido. Si contar su historia era aún terapéutico y absolutorio, individual y socialmente, de esa manera que permite el psicoanálisis pero quizá no el confesionario. Por eso adaptar 24 horas… en el siglo XXI debería suponer, tal vez, un salto más en el tiempo, traer al mundo de hoy la historia de la señora C. para seguir preguntándonos si estamos más cerca de Freud o de la reina Victoria, de escuchar o de condenar a la mujer viuda o casada que rehace su vida más allá del matrimonio o la maternidad. Y eso requiere algo más que un nostálgico cabaret. El musical de Marsó y García es una legítima reedición del viejo ambiente de Moulin Rouge, de los aires malditos del tango, pero su exagerada fidelidad al género corre el riesgo de vaciar la obra de vigencia. Porque es probable que la moral victoriana siga haciendo hoy algún estrago, pero también parece lógico que no sea bajo las mismas apariencias que anteayer. Y sin embargo es así es como hemos releído a Zweig: sin su valioso historicismo. Y es así como nos hemos quedado, por decirlo claro, con las ganas de saber cómo serían las 24 horas en la vida de una mujer de hoy.

24 HORES DE LA VIDA D’UNA DONA
Duración ≈1h20 Género Musical Idioma Catalán Teatro Condal
Fechas 07–25/11/2018 Precios 14–35€ Foto © Jordi Oset

Texto Stefan Zweig
Dramaturgia Christine Khandjian, Stéphane Ly-Cuong
Adaptación de texto y canciones Roser Batalla
Dirección Ignacio García
Ayudante de dirección Amparo Pascual
Composición musical Serguei Dreznin
Dirección musical Josep Ferré
Escenografía Arturo Martín Burgos
Diseño de iluminación Juanjo Llorens
Coreografía Helena Martín
Diseño de vestuario Ana Garay
Coach vocal Maribel Per
Fotografía de cartel Gonzalo Trujillo
Diseño gráfico Oscar Mariné / Lamarsó Produce
Espacio sonoro Nacho García
Diseño de sonido Albert Ballbé / Jordi Ballbé
Dirección técnica / Iluminación Armar / Íñigo Benítez
Realización audiovisual David Cortázar / Fluyers Productions
Edición de vídeo teaser Ado Elipe / Silvia Marsó / Felipe Ansola
Estudio de grabación Kaelo de rio / Sonomedia
Producción ejecutiva Silvia Marsó / Esther Bravo
Producción externa Ana Belén Santiago
Administración Armando Cartanyá
Asistente de producción Nazan L. Bamio
Auxiliar de producción Angie Sánchez
Distribución en Cataluña Bitò
Comunicación y redes Toni Flix
Contabilidad / Gestoría Verneuil & Asociados
Asistente de producción y comunicación Iván Foix
Dirección y diseño de producción Silvia Marsó

Reparto
Señora C. – SILVIA MARSÓ
El joven – MARC PAREJO
El hombre – GERMÁN TORRES

Músicos
Piano – JOSEP FERRÉ / CARLOS CALVO TAPIA
Violín – EDURNE VILA
Violonchelo – ESTHER VILA

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