La alargada sombra de Pitarra

Els Jocs Florals de Canprosa
SANTIAGO RUSIÑOL
★★★★☆

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Santiago Rusiñol empezó y terminó su carrera teatral de la misma manera: con la sorna y el costumbrismo de las farsas pitarrescas, llenas de dobles sentidos, sal gruesa y compasivos reveses a una Cataluña que amaba y parodiaba a partes iguales. Pero entre sus primeras y sus últimas obras, Rusiñol tuvo tiempo de introducir en Cataluña el simbolismo decadente de Maeterlinck, que practicó él mismo, y de emular el compromiso social de Ibsen, que le valió alternativamente el aplauso y la condena del catalanismo y el españolismo oficiales. Y de la peculiar mezcla de Ibsen, Maeterlinck y Pitarra, del compromiso, el símbolo y la carcajada, surgieron obras tan eclécticas y sugerentes como Els Jocs Florals de Canprosa, comedia brevísima sobre la politización de la cultura en general, y de los Juegos Florales en particular, que es también una reflexión sobre la función social de la poesía, y un cariñoso tirón de orejas a la Cataluña profunda que, con su ropa arrugada y su olor a camuesa, participaba como toda España en la cultura del pucherazo, extendida con los Juegos Florales al ámbito de la cultura misma.

El estreno de Els Jocs Florals… en 1902 provocó un escándalo que sólo pareció sorprender a Rusiñol. En febrero, una huelga revolucionaria había paralizado Barcelona, provocando decenas de muertos y centenares de heridos y detenidos. En marzo habían detenido a Prat de la Riba, director de La veu de Catalunya, acusado de rebelión. Los regionalismos y el movimiento obrero asfixiaban a los corruptos gobiernos de la Restauración, que respondían con torpeza y violencia. Pero unas detenciones y otras no tenían nada que ver. El regionalismo de la Lliga era conservador y monárquico y sólo pedía más descentralización. El sindicalismo anarquista llamaba a la revolución proletaria. En Cataluña, sin embargo, unos y otros acababan en las mismas cárceles, condenados por el mismo gobierno, y la censura previa de diarios catalanes o la prohibición de los Juegos Florales eran una ofensa torpemente transversal. En ese polarizado contexto se estrena Els Jocs Florals…, y su recepción, lógicamente, se polariza. El catalanismo oficial considera a Rusiñol un traidor, mientras que el españolismo aplaude la obra con entusiasmo. Rusiñol, desde Mallorca, se ve entre dos injustos fuegos por haber subrayado, como Aristóteles, que no todo verso es poesía, y por haber reclamado, como los modernistas, una función social para el poeta al margen de los partidos políticos.

Los paralelismos entre entonces y hoy son obvios y numerosos, como lo son también las diferencias. Por eso es de una enorme valentía que el principal teatro público de Cataluña se haya atrevido a programar estos Jocs Florals… rusiñolianos. El encargo ha caído en manos de Jordi Prat i Coll, que ha redoblado la apuesta del TNC al hacer con las treinta páginas de Rusiñol un espectáculo de tres horas, llenando el texto de canciones populares e interpolaciones de otros Rusiñoles para querer más a Cataluña riéndola más, como recetaba el autor. El elenco es monumental y de auténtico lujo: casi treinta intérpretes en escena entre actores y músicos, con momentos hilarantes, emotivos y chabacanos, con una tómbola tras el descanso y un generoso despliegue de tramoya. Y al final uno siente que Prat i Coll ha logrado resucitar este incómodo y poliédrico Rusiñol, mejorando algunos pasajes y empeorando otros, pero también que ha agrandado a Pitarra hasta ahuyentar a Ibsen y Maeterlinck, que ha anulado el compromiso y los discretos símbolos que tan bien convivían con una farsa menos desatada.

La función empieza muy programática: los intérpretes desfilan pronunciando chuscas palabras y frases fuera de contexto. En este caso, aforismos dignos de Oscar Wilde. Luego Prat i Coll nos avanza su personal moraleja, leída entre líneas en las Cançons del poble de Rusiñol: si olvidamos nuestras melodías de siempre, las perderemos y acabaremos cantando otras. Sigue una parodia de música latina (Me gustas mucho, Muñequita linda…) con un peligroso doble filo chovinista, que además sería muy poco rusiñoliano. Pero enseguida aparece David Anguera para leernos el oportuno prólogo de Rusiñol, donde se deshacen todos los malentendidos posibles: estos Jocs Florals… reclaman una poesía independiente del poder, sin ánimo de ofender a nadie, y mucho menos a la cultura catalana. Y tras tanta introducción, llegamos por fin al texto de Rusiñol, a los enredos provincianos de la ficticia Canprosa, con un portentoso desarrollo de escenas y diálogos, cortesía del cancionero catalán y de la vasta producción rusiñoliana.

Las interpretaciones en general son magníficas, pero hay cuatro perlas indiscutibles: Anna Moliner como María, Àngels Gonyalons como señora Ramona, y las hermanas Kathy y Yolanda Sey como gemelas. Moliner es la reina de la noche en todos los sentidos (incluido el mozartiano), aunque no sea reina de estos Juegos. Su despliegue vocal es sencillamente espectacular, pasando de los graves soul de su “Montserrat” a los picantes agudos belcantistas con Jordi Coll bajo las faldas, sin olvidar su vis cómica en el registro más burdo al que la obliga, quizá en exceso, Prat i Coll, cuando murmura con la señorita Floresta o cuando flirtea con Ramón. La señora Ramona de Gonyalons es otro portento, un derroche de carácter, dicción y gestos que apabulla a los pusilánimes canprosianos, que remeda con virtuosismo a su vindicativa hermana (brillante interpolación de La feminista) y que canta un lúgubre y emotivo canto de muerte. Y las hermanas Sey son, ellas sí, reinas oficiales de los Juegos, pero también una acertada reminiscencia del Jaumet de Llibertat!, y protagonistas de uno de los mejores golpes de humor (“a la Moreneta ni tocar-la”), con deconstrucción coreográfica incluida de la sardana És la Moreneta. Aquí se ve al mejor Rusiñol, al que multiplicaba su amor a Cataluña cuanto más la reía.

El resto del elenco no anda a la zaga, aunque tenga menos líneas y escenas. Oriol Genís es un hilarante presidente del jurado, dicharachero y caradura, capaz de hacer entrañables sus peores corruptelas. Albert Pérez es un sólido Señor Nofre y August Coca i Poncem, hábil fusión de personajes de Prat i Coll, que pervierte al cándido juez de paz y refuerza el ambiente corrupto de la pieza. Jordi Coll tiene menos suerte con la dirección de su personaje, el justiciero Ramón, periodista y ex poeta, claro alter ego de Rusiñol, que enunciaba las claves simbólicas y políticas de la obra, congraciando a Maeterlinck con Ibsen, y que Prat i Coll reduce a la parodia del amante latino, haciéndole amagar con los aires foráneos (“Si tú supieras…”) que se rechazaban en el prólogo. Y los músicos en general, coro e instrumentistas, suenan tan brillantes como irónicos, emulando el gorjeo de los pájaros para María o cantando a capela el socarrón Rossinyol que vas a França.

No se puede pedir más a los intérpretes, como tampoco a la escenografía de la brillante Laura Clos, con su ambiente popular de sarao, su cuatribarrada alfombra trepando al trono de los Juegos y su volante vidriera modernista. Sí se podría pedir, en cambio, algo menos al texto de Prat i Coll: menos prólogo y menos epílogo, menos expansión pitarresca (que ya había, y estaba muy bien), menos glosas y paralelismos. Porque si las aclaraciones iniciales de Rusiñol eran más que oportunas, las de Prat i Coll al final resultan más bien forzadas, explicando innecesariamente la cita de Els Segadors, revolviendo a los heterogéneos detenidos de 1902, subrayando unas similitudes entre ayer y hoy que efectivamente existen, pero olvidando las diferencias, que también son muchas. Un espectáculo, en suma, con sus altibajos pero apabullante, a ratos elocuente y a ratos verboso, meritorio siempre por su saludable atrevimiento, y con uno de esos elencos que pondría en pie a la platea más exigente. Un lujo, un placer y muchas preguntas que llevarse a casa.

ELS JOCS FLORALS DE CANPROSA
Duración ≈3h. Género Comedia musical Idioma Catalán Teatro TNC
Fechas 04/10–11/11/2018 Precios 12–29€ Foto © David Ruano

Texto Santiago Rusiñol
Adaptación y dirección Jordi Prat i Coll
Ayudanta de dirección Ester Vilamor
Dirección musical Dani Espasa
Coreografía Montse Colomé
Ayudanta de coreografía Ana Domínguez
Escenografía Laura Clos “Closca” (Set Up Design)
Ayudante de escenografía Sergi Corbera Gaju (Set Up Design)
Construcción de escenografía Pascualín, Taller Jorba-Miró Scp, Zero4uatre (detall 04 SL)
Vestuario Montse Amenós
Ayudanta de vestuario Carlota Ricart
Confección de vestuario Taller Goretti
Iluminación David Bofarull
Diseño de sonido Lucas Ariel Vallejos
Sonido Santi López
Repetidor Gregori Ferrer
Caracterización Ignasi Ruiz
Alumno en prácticas del Institut del Teatre de la Diputació de Barcelona Josep M. Parcerisa (dirección)
Alumna en prácticas del ESAD del Institut del Teatre de la Diputació de Barcelona Patricia Albizu (vestuario)
3Alumna en prácticas de la Escola Thuya Sonia Marqueño (caracterización)
Oyente Ryan Francis
Fotografía de montañas de Montserrat Oriol Alemany
Producción Teatre Nacional de Catalunya (TNC)

Reparto
Lluïseta – CLARA ALTARRIBA
Quimet – DAVID ANGUERA
El secretario – ALBERT AUSELLÉ
Señorita Floresta – ROSA BOLADERAS
Ramón – JORDI COLL
Raimunda – ANA DOMÍNGUEZ
Tonet – FRANCESC FERRER
El Presidente – ORIOL GENÍS
Señora Ramona – ÀNGELS GONYALONS
Riutort, Tallavent – ORIOL GUINART
Mosén Pere – JORDI LLORDELLA
María – ANNA MOLINER
Joan Dolcet i Sucre – ALBERT MORA
Señor Nofre, August Coca i Poncem – ALBERT PÉREZ
Señora Eulàlia – MIREIA PIFERRER
Gemelas – KATHY SEY, YOLANDA SEY

Instrumentistas
Violín, guitarras – JOAN AGUIAR
Piano, acordeón – DANI ESPASA
Piano, acordeón – GREGORI FERRER
Batería, percusiones – MARTÍ HOSTA
Instrumentos de viento – XAVIER LOZANO
Bajo, contrabajo – DICK THEM

Coro
LORENA GARCÍA
ORIOL GUIMERÀ
MARIONA LLOBERA
ALBA QUINQUILLÀ
QUERALT SALES
VÍCTOR VILCA

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