Nuestra Indagación

El pan y la sal
RAÚL QUIRÓS
★★★★☆

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En agosto de 1965 terminaba en Frankfurt el Segundo Juicio de Auschwitz, donde se condenaba a más de setecientos cargos subalternos del campo de concentración nazi. Era un hito jurídico y moral, ya que nunca antes el código penal alemán se había atrevido a juzgar los crímenes del nazismo. Pero el hito se redoblaría apenas dos meses después, cuando varios teatros al Este y el Oeste de Alemania, pero también la Royal Shakespeare Company de Londres, estrenaran una obra que representaba literalmente varios pasajes de aquel histórico juicio. La obra se titulaba La indagación, y estaba firmada por Peter Weiss, autor de la cruel y brillante Marat/Sade (1963), que Peter Brook acababa de llevar al cine. La literalidad escénica de Weiss podía resultar insólita, pero no era una idea nueva: la había teorizado Erwin Piscator en 1929 en su Teatro político. Y fue precisamente Piscator quien puso en pie La indagación en uno de los teatros de Berlín. Un pacto intergeneracional de la cultura alemana para sumarse al compromiso de la justicia con la historia reciente del país. Desde entonces lo hemos llamado teatro documento, teatro verbatim (palabra por palabra), teatro político… Es lo mismo. Se trata de poner en escena las palabras exactas de los protagonistas reales de unos hechos reales. La vieja autoría no ha desaparecido: el dramaturgo corta y ensambla las palabras de sus personajes buscando un resultado épico en el sentido piscatoriano, que luego sería brechtiano: hay que impedir la inmersión del espectador en la obra, obligarlo a pensar desde fuera, pero sin vaciar la escena de dramatismo, ni siquiera de lirismo. Al contrario: hay que extraer de las palabras exactas de los protagonistas todo su potencial dramático. La tarea notarial y sartorial del dramaturgo era tan modesta y tan compleja como eso.

…teatro documento, teatro verbatim (palabra por palabra), teatro político… Es lo mismo. Se trata de poner en escena las palabras exactas de los protagonistas reales de unos hechos reales.

En 2015 tuvimos en España algo parecido a una Indagación. El dramaturgo Raúl Quirós había visto en YouTube las imágenes del juicio a Baltasar Garzón en el Tribunal Supremo por cursar la querella de varias familias contra el franquismo, como régimen, por las detenciones ilegales y las desapariciones forzadas de algunos de sus miembros durante la guerra civil y la posguerra. El juicio ocurría entre enero y febrero de 2012. Quirós decidió oficiar de Weiss español y transcribió literalmente amplios fragmentos de aquellas vistas. Los mandó al Teatro del Barrio, la cooperativa cultural gestionada por Alberto San Juan, que decidió hacer una lectura dramatizada dirigida por Andrés Lima e interpretada por figuras de la talla de Núria Espert, José Sacristán, Mario Gas y un largo y prestigioso etcétera. Tres años después, la lectura dramatizada ha llegado a Barcelona. Las expectativas eran enormes, y no ha defraudado.

Las transcripciones de Quirós son intensas pero fluyen muy bien. Vienen encabezadas por una militante cita del Patas arriba de Eduardo Galeano (“la historia humana se niega a callarse la boca”), y las culmina una letanía de datos consabidos y dolorosos sobre el triste estado de la memoria histórica en España, dejada de la mano de las instituciones y asistida en su agonía por la voluntariosa Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). Es cierto que el arranque del juicio, a cargo de los letrados, resulta árido y farragoso, centrado en las cuestiones técnicas de un juicio efectivamente técnico: se juzga a un juez, como profesional de la justicia, por declararse competente en una causa en la que supuestamente sabía que no lo era: juzgar al franquismo. Por prevaricación, según Manos Limpias. Y es útil escuchar a Joaquín Ruiz de Infante, letrado de la acusación, rescatar el manido ejemplo de Paracuellos, que Garzón se negó a juzgar en los 1990, para empezar a situarnos en el juicio. Y es útil escuchar a Gonzalo Martínez-Fresneda, defensor de Garzón, explicar que la masacre de Paracuellos no podía investigarse porque ya había sido investigada, y sus víctimas públicamente honradas. Todo lo contrario que las del franquismo. Ahí empiezan a perfilarse los derechos humanos contra el atrabiliario fondo de los viejos duelos a garrotazos. No es revancha ni venganza, como explicarán los familiares. Es verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Lo mismo que pedía el relator de la ONU, Pablo de Greiff, en su informe de 2014.

No es revancha ni venganza, como explicarán los familiares. Es verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Lo mismo que pedía el relator de la ONU, Pablo de Greiff, en su informe de 2014.

Pasado el fárrago jurídico, empieza la épica piscatoriana: las voces de los testigos, afónicas o timbradas, vacilantes o elocuentes, sustituyendo la jerga con las sencillas palabras de su ambicioso objetivo: averiguar lo que ocurrió con sus familiares, saber dónde están, poder enterrarlos con dignidad, averiguar por qué cayeron lejos del frente, sin cargos ni responsabilidades públicas. Entre los testigos está Pino Sosa, maravillosamente interpretada por Gloria Muñoz, que da título a la obra al recordarnos con desarmante sencillez el pan y la sal que se llevaron de su casa. También está magnífico Emilio Gutiérrez Caba como Ángel Rodríguez, el historiador de Ponteareas, cuya prosodia y maneras nerviosas reproduce con notable precisión, revelando un cuidado trabajo de construcción del personaje. Francesc Orella como Emilio Silva, el más mediático presidente de la ARMH, es pura humildad y transparencia. Y Natalia Díaz tiene la suerte de interpretar a la elocuente Josefina Musulén, que es toda sensatez y dignidad ante las inquisiciones del letrado. José Sacristán no puede estar mejor elegido para reproducir el habla castiza y aplomada de Pedro Fausto Canales. Igual que María Galiana, que sustituye a Núria Espert como María Martín, la entrañable y afónica decana de los testigos. Resultan más discretos, por sus breves líneas, Mario Gas como Baltasar Garzón, un punto enfático a veces en sus silencios, y Andrés Lima como el frío juez Varela, siempre de espaldas al público. Los más rígidos son inevitablemente los letrados, Ginés García Millán y Alberto San Juan, a quienes el texto lógicamente no ayuda, poniendo incluso alguna que otra zancadilla silábica.

En el capítulo de los reproches, es obvio que la lectura dramatizada enturbia a veces el movimiento escénico, provocando chistes involuntarios (bienvenidos sean) como el “puede sentarse” de Lima a un sentado Gutiérrez Caba, y sugiriendo quizá para un futuro una interpretación plena, es decir, memorizada, que arrancaría sin duda mucha más épica al documento. Pero el principal punto débil es la música. No sólo porque cueste de entender la relación de este juicio con el romanticismo de La Patética beethoveniana, usada a modo de errático relleno, sino porque cuesta aceptar el uso de cualquier tipo de música en un juicio plagado de silencios, los del Tribunal Supremo, que tienen un valor documental y dramático, es decir, épico en el sentido piscatoriano.

…cuesta aceptar el uso de cualquier tipo de música en un juicio plagado de silencios, los del Tribunal Supremo, que tienen un valor documental y dramático, es decir, épico en el sentido piscatoriano.

Reproches menores, en verdad, para una intensa función de hora y veinte que empieza fría como el juicio mismo, que va ganando épica con los testimonios y termina en una conmovida indignación ante lo que sabíamos desde hace décadas, ante la perseverante dignidad de los familiares, ante la agridulce constatación de que tenemos y no tenemos una Indagación española. Tenemos los testigos, los actores y los dramaturgos. Tenemos la incontestable evidencia de los hechos. Pero falta el verdadero juicio. Uno donde se haga verdad, justicia y reparación como piden los testigos y los relatores internacionales. Uno donde no se juzgue el hecho mismo de juzgar ni se vea revanchismo tras los derechos humanos. No tenemos nuestra Indagación porque, como país, no nos hemos dejado escribirla.

EL PAN Y LA SAL
Duración ≈1h20 Género Teatro político Teatro Lliure de Montjuïc
Fechas 29–30/09/2018 Idioma Español Precios 15–26€ Foto © Gonzalo Bernal

Texto Raúl Quirós
Dirección Andrés Lima
Ayudantes de dirección Laura Ortega, Laura Galán
Espacio escénico Beatriz San Juan
Ayudante producción Gonzalo Bernal
Producción ejecutiva Joseba Gil
Sonido Kike Mingo
Vídeo Gonzalo Bernal
Compañía Teatro del Barrio
Producción Teatro del Barrio

Reparto
Josefina Musulén Giménez (testigo) – NATALIA DÍAZ
Ujier – LAURA GALÁN
María Martín López (testigo) – MARÍA GALIANA
Gonzalo Martínez-Fresneda Ortiz de Solórzano (letrado de la defensa) – GINÉS GARCÍA MILLÁN
Baltasar Garzón Real (acusado) – MARIO GAS
Ángel Rodríguez Gallardo (testigo) – EMILIO GUTIÉRREZ CABA
Luciano Varela Castro (juez del Tribunal Supremo) – ANDRÉS LIMA
Pino Sosa Sosa (testigo) – GLORIA MUÑOZ
Emilio Silva Barrera (testigo) – FRANCESC ORELLA
Pedro Fausto Canales Bermejo (testigo) – JOSÉ SACRISTÁN
Joaquín Ruiz de Infante Abella (letrado de la acusación) – ALBERTO SAN JUAN

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