El gran guiñol del mundo

Croades
MICHEL AZAMA
★★☆☆☆

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Decía Eric Hobsbawm que vivimos tiempos de guerras de religión, y no se refería al último milenio, sino al corto (1914-1991) siglo XX. Un siglo partido por el holocausto judío, torturado por el interminable conflicto árabe-israelí, confundido por la realpolitik de Estados seculares y teocráticos aliándose para socavar a un tercero en discordia, para obtener petróleo o vender armas. Pero el siglo XX también fue un tiempo de sacralización de la política en forma de totalitarismos, donde las izquierdas y las derechas confesionales y laicas hicieron dogma de sus peores extremos. Un siglo de guerras de credos de todo tipo donde la cultura, además, se lanzó a la arena sin tapujos, con intelectuales orgánicos y disidentes, con apocalípticos e integrados, con estéticas oficiales y discursos de enmienda y alternativa.

En esta última línea se situó el teatro francés de guerra y posguerra, el absurdo parabólico de Camus (Calígula) y la militancia heterodoxa de Sartre (Las manos sucias). Pero la militancia teatral francesa siguió con la generación posterior, que viró del absurdo y el existencialismo hacia un nuevo realismo poético, a los paisajes brumosos y los antihéroes románticos que lo emparentaban con su propio cine de los años 1930-40 (Vigo, Carné, Renoir…). Siempre para volver sobre los choques de credos de un siglo tan corto como intenso. El principal exponente de esta nueva generación fue Bernard-Marie Koltès, que se devanó los sesos con el internacionalismo obrero en su lírica La noche justo antes de los bosques, o que fantaseó un careo entre el Primer y el Tercer Mundo en la nocturna En la soledad de los campos de algodón. Y a la sombra de Koltès emergieron otros nombres, próximos en edad y afinidades electivas, que cultivaron también un lirismo político directa o indirectamente ligado a las realidades sociales del momento. Es el caso de Michel Azama, autor de una biografía sobre Pasolini llevada después al cine (Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini), de un monólogo sobre las condiciones penitenciarias de las reclusas en Francia (La esclusa), y de esa ambiciosa alegoría sobre las guerras de religión de todos los tiempos que tituló desacomplejadamente Cruzadas.

Son las Cruzadas de Azama lo que nos ha traído la compañía La Ràtzia a la pequeña sala del Maldà, y lo ha hecho en formato de gran guiñol, llenando la escena de carreras, voces estentóreas, golpes de efecto y cambios de registro. Un teatro físico y clownesco desbordante de energía, con algunos momentos sinceramente sensibles, pero que chirría a menudo con el realismo lírico de Azama, que pedía más sosiego, más matices y menos sorna en muchas de sus escenas. Quizá la mejor tarjeta de presentación sea el propio arranque: empezamos a pie de calle, en la galería del Maldà, con una parodia naif de Apocalypse Now: helicópteros de juguete y la Cabalgata de las Valquirias canturreada por toda la compañía, que baja atropelladamente las escaleras, dispara con el dedo y corre entre el público como si no hubiera mañana. Es exactamente lo que veremos después: un teatro de la caricatura y el impacto físico, que parece entender el delirio de la guerra como los desquiciados personajes de Coppola, aquí aderezados por el histrionismo destartalado del guiñol francés. Y es cierto que habrá personajes introspectivos y escenas sosegadas, que no todo serán títeres de cachiporra, pero el sosiego y la introspección estarán más cerca de la excepción que de la norma.

El guiñol sorprende en general, pero sobre todo en dos escenas. La primera es la de Zack, el traficante de armas (Marc Tarrida), una exhibición de tics, inflexiones vocales y contorsiones físicas por momentos virtuosa, pero que dispersa por completo el sentido documental y dramático de su alegato, donde acusa a la rica Europa de lucrarse hipócritamente con el tráfico de armas en Oriente. Citando países concretos y armas concretas. La segunda escena es la del intocable indio (Gerard Vidal), que hace de su melena empapada y sus enérgicos giros el incómodo centro de atención, cuando lo fundamental era su delicado monólogo sobre la dignidad de los desclasados, dando lúcida voz a los sin voz. Hay menos histrionismo en el Ismael de José Luis Oliver, que interpreta un meritorio paso de la ingenuidad a la barbarie. Pero debemos los mejores momentos a Marta Niell como Bella, con un sólido gesto endurecido que alterna con valiosas facetas dramáticas. También a Laura Piñeiro como La Clueca, que nos recuerda el lirismo original de la pieza, con sus preguntas y sus monólogos sin respuesta sobre sus catorce pequeños cruzados. La propia Piñeiro, en cambio, queda algo desdibujada como viejecita junto a Pere Aguiló. Y escuchando el texto de ambos, uno hubiera agradecido un tándem más anciano y más gruñón, menos apuesto y majestuoso, que sacara todo su jugo a la ironía clasista de estos dos sibaritas de entreguerras, que aportan el mejor humor de la pieza, negro y fino, alejado del aspaviento y la carcajada. Un humor con inevitables dejos dramáticos, como toda la pieza, porque al fin y al cabo se habla de las víctimas y verdugos (a veces confundidos) de los credos de todas las épocas. Una opción legítima, la del guiñol, e indudablemente francesa, pero poco realista, poco poética y me atrevería a decir que poco azamiana.

CROADES
Duración ≈1h50 Género Drama Idioma Catalán Teatro El Maldà
Fechas 12–28/09/2018 Precios 14–20€ Foto © Carlos Benito Ballester

Texto Michel Azama
Adaptación y traducción Santiago Sans
Dirección Jordi Vilà
Escenografía y vestuario Caterina Bonet, Helena Torres
Movimiento Andreu Raich
Voz Esther Bové
Diseño de iluminación Memé Boya
Técnicos de iluminación Àlex Felip, Guillem Moreno, Jaume Vidal
Espacio sonoro Àlex Polls
Técnicos de sonido Guillem Fernández, Lluc Martí
Compañía La Ràtzia

Reparto
Viejecito, hombre negro de humo – PERE AGUILÓ
Niña, viejecita del agua, Bella – MARTA NIELL
Ismael – JOSÉ LUIS OLIVER
La Clueca, viejecita – LAURA PIÑEIRO
Niño, Jonathan, Zack – MARC TARRIDA
Krim, muerto con fango, muerto con algas – GERARD VIDAL

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